domingo, febrero 08, 2015

Oda a los trenes del sur por Pablo Neruda

Estación Temuco


Trenes del Sur, pequeños

entre

los volcanes,
deslizando
vagones
sobre
rieles
mojados
por la lluvia vitalicia,
entre montañas
crespas
y pesadumbre
de palos quemados.



Oh

frontera

de bosques goteantes,
de anchos helechos, de agua,
de coronas.
Oh territorio
fresco
recién salido del lago,
del río,
del mar o de la lluvia
con el pelo mojado,
con la cintura llena
de lianas portentosas,
y entonces
en el medio
de las vegetaciones,
en la raya
de la multiplicada cabellera,
un penacho perdido,
el plumero
de una locomotora fugitiva
con un tren arrastrando
cosas vagas
en la solemnidad aplastadora
de la naturaleza,
lanzando
un grito
de ansia,
de humo,
como un escalofrío
en el paisaje!



Así

desde sus olas

los trigales
con el tren pasajero
conversan como
si fuera
sombra, cascada o ave
de aquellas latitudes,
y el tren
su chisperío
de carbón abrasado
reparte
con oscura
malignidad
de diablo
y sigue,
sigue,
sigue,
trepa el alto viaducto
del río Malleco
como subiendo
por una guitarra
y canta
en las alturas
del equilibrio azul
de la ferretería,
silba el vibrante tren
del fin del mundo
como
si
se despidiera
y se fuera a caer donde
termina
el espacio terrestre,
se fuera a despeñar entre las islas
finales del océano.



Yo voy contigo,

tren, trepidante

tren
de la frontera:
voy a Renaico,
espérame,
tengo que comprar lana en Collipulli,
espérame, que tengo
que descender en Quepe,
en Loncoche, en Osorno,
buscar piñones, telas
recién tejidas, con olor
a oveja y lluvia...
Corre,
tren, oruga, susurro,
animalito longitudinal,
entre las hojas
frías
y la tierra fragante,
corre
con
taciturnos
hombres de negra manta,
con monturas,
con silenciosos sacos
de papas de las islas,
con la madera
del alerce rojo,
del oloroso coigue,
del roble sempiterno.



Oh tren

explorador

de soledades,
cuando vuelves
al hangar de Santiago,
a las colmenas
del hombre y su cruzado poderío,
duermes tal vez
por una noche triste
un sueño sin perfume,
sin nieves, sin raíces,
sin islas que te esperan en la lluvia.
inmóvil
entre anónimos
vagones.



Pero

yo, entre un océano

de trenes,
en el cielo
de las locomotoras,
te reconocería
por
cierto aire
de lejos, por tus ruedas
mojadas allá lejos,
y por tu traspasado
corazón que conoce
la indecible, salvaje,
lluviosa,
azul fragancia!

miércoles, octubre 15, 2014

Lago Llanquihue

Lago Llanquihue Puerto Varas

LAGO LLANQUIHUE

Gabriela Mistral 


a doña Carmela Errázuriz


Lago Llanquihue, agua india,
antiguo resplandor terrestre,
agua vieja y agua tierna,
bebida de vieja gente,
agua fija como el indio
y como él fría y ardiente
y en su pecho de marinero
tatuada de señales verdes.

Bebo en tu agua lo que he perdido:
bebo la indiada inocente,
tomo el cielo, tomo la tierra,
bebo la patria que me devuelves.


Cincuenta años esperamos,
tú con agua, yo con sedes
Lago Llanquihue, mi capitán,
te llego antes de mi muerte,
con la boca me dieron,
agua mía para beberte.

Baja y suelta por mi pecho
el agua blanda, el agua fuerte,
entrabada de los helechos
y las quilas medio-serpientes.


Baja recta, agua querida,
baja entera en hebras fieles,
baja lenta, baja rápida,
y me sacies y me entregues
el cielo mío, los limos míos
y la sangre de toda mi gente.

Bebo quieta lo que me das,
igual que bebe, curvado, el ciervo,
bebo pausada, regustándote,
bebo y sólo sé que te bebo.


Perdón de tu frente rota,
perdón de tu surco abierto.
Como el niño y el huemul
porque te amo te quiebro...


Lago de Llanquihue, arcángel
que se me da prisionero,
gesto que mi antojo sirves,
abajadura del cielo,
doblada y caída, no hablo,
cegada de sorbo ciego,
y de ser tuya nada digo:
te bebo, te bebo, te bebo...

jueves, septiembre 11, 2014

Cobre que te extraen de las entrañas de mi tierra








 Oda Al Cobre.



 Pablo Neruda



El cobre ahí dormido. Son los cerros del Norte desolado.

Desde arriba las cumbres del cobre, cicatrices hurañas, mantos verdes,

cúpulas carcomidas por el ímpetu  abrasador del tiempo,

cerca de nosotros la mina: la mina es sólo el hombre,

no sale de la tierra el mineral,  sale del pecho humano,

allí se toca el bosque muerto, las arterias del volcán detenido,

se averigua la veta, se perfora y estalla la dinamita,

la roca se derrama, se purifica: va naciendo el cobre.



Antes nadie sabrá diferenciarlo de la piedra 

materna. Ahora es hombre,

Parte del hombre, pétalo pesado de su gloria.

Ahora ya no es verde, es rojo,

se ha convertido en sangre, en sangre dura, en corazón terrible.

Veo caer los montes, abrirse el territorio en iracundas cavidades pardas, el 

desierto, las casas  transitorias.

 El mineral a fuego y golpe y mano se convirtió en lingotes militares,

en  batallones de mercaderías.

Se fueron los navíos.

A donde llegue el cobre, utensilio o alambre, nadie que lo toque 

verá las escarpadas soledades de Chile,

o las pequeñas casas a la orilla; del desierto, o los picapedreros 

orgullosos,

mi pueblo, los mineros que bajan a la mina.

Yo sufro.

Yo conozco.

Sucede que de tanta dureza, de las excavaciones, herida y explosión,

sudor y sangre,

cuando el hombre, mi pueblo, Chile, dominó la materia, 

apartó de la piedra el mineral yacente,

éste se fue a Chicago de paseo, el cobre se convirtió en cadenas,

en maquinaria tétrica del crimen,

después de tantas luchas para que mi patria lo pariera,

después de su glorioso, virginal nacimiento,

lo hicieron ayudante de la muerte,

lo endurecieron y lo designaron asesino.

Pregunto a la empinada cordillera,

al desértico litoral sacudido por la espuma del desencadenado mar de Chile:

¿para eso el cobre nuestro dormía en el útero verde de la piedra?

¿Nació para la muerte?

Al hombre mío, a mi hermano de la cumbre erizada, le pregunto:

¿para eso le diste nacimiento entre dolores? ¿Para que fuera ciclón amenazante 

tempestuosa desgracia? ¿Para que demoliera

las vidas de los pobres, de otros pobres, de tu propia familia que tal vez 

no conoces y que está derramada en todo el mundo?

Es hora de dar el mineral  a los tractores,

a la fecundidad de la tierra futura,

 a la paz del sonido, a la herramienta, a la máquina clara  y a la vida. 

Es hora de dar la huraña mano abierta del cobre

a todo ser humano.

Por eso, cobre, serás nuestro,

¡no seguirán jugando  contigo a los dados los tahúres de la carnicería!

De los cerros abruptos, de la altura verde, saldrá el cobre de Chile,

La cosecha más dura de mi pueblo,

La corola incendiada, irradiando la vida y no la muerte,

propagando la espiga y no la sangre,

dando a todos los pueblos nuestro amor desenterrado, nuestra montaña verde

que al contacto de la vida y el viento

se transforma en corazón sangrante, en piedra roja.

jueves, junio 26, 2014

¡A desalambrar, a desalambrar!


"A Desalambrar"


Víctor Jara



Yo pregunto a los presentes
si no se han puesto a pensar
que esta tierra es de nosotros
y no del que tenga más.


Yo pregunto si en la tierra
nunca habrá pensado usted
que si las manos son nuestras
es nuestro lo que nos den.


¡A desalambrar, a desalambrar!
que la tierra es nuestra,
tuya y de aquel,
de Pedro, María, de Juan y José.


Si molesto con mi canto
a alguien que no quiera oír
le aseguro que es un gringo
o un dueño de este país.





martes, junio 24, 2014

Carabineras de Chile

Es increíble como les gustan a las personas las fotos de las carabineras. A estas oficiales las tomé cuando la Presidenta recién asumida participó en la misa de inicio de su gobierno en marzo de 2014. Fue en ese momento que las encontré formadas y listas para saludar.





domingo, junio 22, 2014

Paloma vuela lejos en Valparaíso



Oda a Valparaíso 
Pablo Neruda

VALPARAÍSO,
qué disparate
eres,
qué loco,
puerto loco,
qué cabeza
con cerros,
desgreñada,
no acabas
de peinarte,
nunca
tuviste
tiempo de vestirte,
siempre
te sorprendió
la vida,
te despertó la muerte,
en camisa,
en largos calzoncillos
con flecos de colores,
desnudo
con un nombre
tatuado en la barriga,
y con sombrero,
te agarró el terremoto,
corriste
enloquecido,
te quebraste las uñas,
se movieron
las aguas y las piedras,
las veredas,
el mar,
la noche,
tú dormías
en tierra,
cansado
de tus navegaciones,
y la tierra,
furiosa,
levantó su oleaje
más tempestuoso
que el vendaval marino,
el polvo
te cubría
los ojos,
las llamas
quemaban tus zapatos,
las sólidas
casas de los banqueros
trepidaban
como heridas ballenas,
mientras arriba
las casas de los pobres
saltaban
al vacio
como aves
prisioneras
que probando las alas
se desploman.

Pronto,
Valparaíso,
marinero,
te olvidas
de las lágrimas,
vuelves
a colgar tus moradas,
a pintar puertas
verdes,
ventanas
amarillas,
todo
lo transformas en nave,
eres
la remendada proa
de un pequeño,
valeroso
navío.
La tempestad corona
con espuma
tus cordeles que cantan
y la luz del océano
hace temblar camisas
y banderas
en tu vacilación indestructible.

Estrella
oscura
eres
de lejos,
en la altura de la costa
resplandeces
y pronto
entregas
tu escondido fuego,
el vaivén
de tus sordos callejones,
el desenfado
de tu movimiento,
la claridad
de tu marinería.
Aquí termino, es esta
oda,
Valparaíso,
tan pequeña
como una camiseta
desvalida,
colgando
en tus ventanas harapientas
meciéndose
en el viento
del océano,
impregnándose
de todos
los dolores
de tu suelo,
recibiendo
el rocío
de los mares, el beso
del ancho mar colérico
que con toda su fuerza
golpeándose en tu piedra
no pudo
derribarte,
porque en tu pecho austral
están tatuadas
la lucha,
la esperanza,
la solidaridad
y la alegría
como anclas
que resisten
las olas de la tierra.


Imagen subida la Colombina en Valparaíso.

martes, junio 10, 2014